lunes, 9 de mayo de 2011

Fotoperiodismo II

Como primera entrega, una breve selección del trabajo anterior.

A continuación, algunas imágenes de la Plaza Zabala y la peatonal Sarandí, en plena Ciudad Vieja montevideana.




Es difícil explicar por qué nos gusta una foto. Seguramente porque entender esa elección tiene mucho que ver con comprenderse a uno mismo. Y si eso fuera tan fácil de resumir en una frase, perdería gran parte de su encanto.


En la Ciudad Vieja conviven los opuestos de la manera más armónica. Al punto que no es hasta que se sacan esos elementos de su contexto que uno cae en lo realmente insólito de la cuestión.


El contraste me encanta, en la acepción más mágica del término. Pero, en este caso, lo que me fascina es su capacidad de pasar inadvertido... hasta que uno le saca una foto.

martes, 22 de junio de 2010

La huella de carbono aterriza en Uruguay

Cómo alcanzar la mayor eficiencia y la menor contaminación, sin morir en el intento

Tema complejo si los hay. Están quienes buscan –sinceramente- la mejora del ecosistema. También los que defienden la producción nacional. Y están, como siempre, los que defienden los intereses comerciales. En esta maraña de opiniones encontradas sobresale el planteo –bastante singular- del especialista en la materia, Daniel Martino: la manera de bajar las emisiones de carbono sería, paradójicamente, aumentándolas. Siempre que sea en pos de la productividad.

El “cuentito” del Efecto Invernadero que aprendimos en el liceo decía, más o menos, así: por un lado tenemos al Sol que, mecanismo de radiación mediante, emite calor que llega a la Tierra, para convertirse después en calor terrestre. Por otro lado está nuestro planeta, que también tiene la capacidad de transmitir calor hacia el exterior. Y por último está la atmósfera, que envuelve a la Tierra con concentraciones gaseosas que tienen la capacidad de absorber parte de este calor. Por esta cualidad –la de retener el calor emitido por la Tierra resultando en un calentamiento de la superficie- es que los conocemos como los Gases de Efecto Invernadero (GEI). Si este proceso natural no existiera, la temperatura media de nuestro planeta estaría alrededor de 33º C por debajo de su valor actual.

Pero lo que ayer era una unidad más en el programa de ciencias naturales de secundaria, hoy es uno de los temas más candentes a nivel global. El problema es el siguiente: a partir de la Revolución Industrial, “nuevas” actividades humanas han provocado el incremento sostenido de los GEI [vapor de agua, dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (N2O) y Ozono (O3)]. Y en donde antes había un equilibrio entre la energía entrante (solar) y la saliente (terrestre), ahora estamos ante un incremento de la capacidad de la atmósfera para absorber la radiación terrestre. ¿Cómo se resuelve este desequilibrio? Con un calentamiento de la superficie terrestre. El ya conocido Calentamiento Global. Que se ve reflejado en el crecimiento del nivel medio del mar; en los cambios en la circulación atmosférica y los regímenes de lluvias; y en el desplazamiento de las zonas agrícolas.

Con todo esto es entendible que la comunidad internacional se concentre cada vez más en la búsqueda de soluciones para controlar los impactos del cambio climático.

Es en este marco que surge la necesidad de cuantificar la cantidad de emisiones de GEI. Y así nace el concepto de huella de carbono, como indicador que busca medir las emisiones de CO2 que son liberadas a la atmósfera por efecto -ya sea directo o indirecto- de las actividades humanas. Pero no medirlas por medirlas y nada más. La idea de fondo es controlar, reducir o incluso neutralizar estas emisiones y sus impactos. Y, dando un paso más, se busca también promover la divulgación de esta información con el fin de concientizar a la población en su conjunto acerca de qué prácticas son más “amigables” con nuestro medio ambiente.

Pero todo esto es todavía muy nuevo; incluso para el mundo desarrollado. Sin embargo, el que lleva la batuta en toda esta cuestión es Francia, con un proyecto de ley que prevé exigir el etiquetado de la huella de carbono en todos los productos alimenticios que pretenden ingresar en el país. Para los expertos, esto sería tan solo la antesala del segundo paso, y el más interesante: poner un impuesto de frontera a las emisiones. Y esto tiene su razón lógica, ya que los galos tienen la obligación de reducir sus emisiones –asumida ante la Unión Europea y el Protocolo de Kyoto- y de esta forma transfieren su responsabilidad a los productores. El productor francés se encuentra compitiendo con una producción libre de obligaciones; es entonces que, para que la disputa no sea tan desproporcionada, el impuesto de frontera aparece como la solución más sensata.

Ahora, ¿cómo entra todo este asunto –de dimensiones mundiales- en la realidad de nuestro pequeño país? La mejor forma de explicar su influencia es ilustrándola en el desarrollo de la actividad económica por excelencia: la ganadería.

Cuando pensamos en el rendimiento que tienen cien vacas uruguayas pastando en territorio nacional, lo último en pasar por nuestra mente es el estado del tiempo. Bueno, sí, el clima repercute en las pasturas, incluso el frío o calor extremos pueden llegar a matar a los “bichos”, pero primero en el orden de las preocupaciones están, por ejemplo, los porcentajes de parición. La cantidad de terneros que esas vacas pueden producir en un año nos dice que tan económicos son estos animales. Y eso es lo importante: la rentabilidad.

Pero aún así, pensando solo en la rentabilidad y en nada más, cuando se habla de cambio climático, rara vez se está pensando en sus efectos en el aumento de la productividad de la ganadería o agricultura. A simple vista, nada tiene que ver una cosa con la otra.

Daniel Martino, director ejecutivo de Carbosur desde su fundación en el 2000, tiene un enfoque completamente diferente. Su empresa, encargada de brindar servicios especializados en el área del cambio climático, busca atenuar –el término específico vendría a ser “mitigar”- el impacto de esta problemática. Y su planteo a las empresas nacionales es muy simple: la huella de Carbono es un indicador claro de cuán eficiente o ineficiente es la producción.

“La huella de carbono de los sistemas de ganadería extensiva de acá es muy alta: puede llegar a valores de hasta setenta kilos de CO2 por kilo de carne, perfectamente”, alega el experto. Entonces, conocer la huella de carbono y gestionarla, es una forma de mejorar la eficiencia de la producción; cosa que sería beneficiosa tanto para el agricultor como para el país.

La cosa es así: en Uruguay, cada cien vacas, un promedio de sesenta tienen cría por año. Teniendo en cuenta que la única función que tienen estos animales es, justamente, producir terneros, este dato no es tan espectacular. En un mundo ideal, cada una de esas cien “vaquitas” tendría un “hijito” por año. Pero todavía estamos lejos de lo perfecto. Y hoy tenemos, por cada centenar de bovinos, cuarenta que solo sirven para masticar pasto y, para colmo, emitir gases en el intervalo.

¿El planteo de Martino? “Solo mejorando el porcentaje de parición o el de destete de los terneros se podría estar reduciendo la huella de carbono de un modo fuerte”. Entonces, si se impone una medida política para reducir las emisiones de la carne uruguaya, indirectamente, sería un gran estímulo para mejorar la productividad y eficiencia.

La solución para reducir la huella de carbono es, cuando menos, interesante: mejorar el porcentaje de parición, nuestro objetivo como ganaderos desde un primer momento.

Entonces, ¿por qué cuando Carbosur le presentó a los principales frigoríficos del país su proyecto para empezar a medir sus emisiones ninguna aceptó? La Ingeniera Civil –e integrante del Centro de Producción más Limpia de la Universidad de Montevideo- Milenka Sojachenski nos da dos posibles causas. En primer lugar, porque la huella de carbono es bastante desconocida en Uruguay. Y esto se debe a que el país, con una producción mínima de CO2, no tiene ninguna exigencia de bajar sus emisiones. Y, como todo, cuando no hay obligación, no hay interés.

Pero no todo es falta de voluntad. Sobre todo si consideramos que el otro motivo probable es el tema de los costos. Y aquí surge un nuevo dilema: no hay metodología aprobada para calcular la huella de carbono. Esta carencia obliga a que cada proyecto demande la creación de un procedimiento nuevo. Y este esfuerzo extra implica gastos extras. Que, encima, se amoldan a las magnitudes y a la duración de cada proyecto específico. En fin, es “caro”. Puede rondar entre los ocho mil y 10 mil dólares, o incluso llegar a la módica suma de 15 mil dólares.

Caro, para invertir en algo que no es de carácter obligatorio. Caro, para gastar en algo que no se entiende bien para qué sirve. Pero todo esto puede cambiar en poco tiempo. O al menos eso es a lo que aspiran los involucrados en la enredada cuestión del cambio climático.

martes, 8 de junio de 2010

Derribando prejuicios

Un grupo de científicos uruguayos busca la reconciliación con una de las especies de peor fama: las bacterias

Las personas se cepillan los dientes para escupirlas. Se lavan las manos para evitarlas. Se limpian y refriegan el cuerpo, una y otra vez.
En las publicidades las representan como los monstruitos más feos.
Los niños incluso les temen.
Y, a pesar de todo, pueden traer las grandes respuestas del siglo que recién empieza. Son las bacterias.

Las bacterias suelen ser sinónimo de enfermedad. Incluso cuando no son aborrecidas por sus efectos en la salud, son desmerecidas por su pequeño tamaño. Bacterias, más vale perderlas que encontrarlas.

Sin embargo, estos prejuicios entorno a los organismos diminutos pierden peso frente a las investigaciones del científico uruguayo Francisco Noya. El doctor en Bioquímica y Genética Molecular e investigador del Clemente Estable elabora en la actualidad un proyecto tan ambicioso como innovador: encontrar nuevos biocatalizadores que sirvan para la producción de biocombustibles a partir de fuentes renovables.

Pero antes de llegar a la conclusión, el científico empieza por el principio. Así es como plantea que es importante no dejar de lado la faceta de las bacterias que muchos desconocen: sus beneficios. Éstos se ven en su participación en el proceso de la digestión, su rol preponderante en la formación de los intestinos e incluso en la adquisición de la vitamina K.

Y eso solo en el cuerpo humano. Entre los beneficios de las bacterias conocidas podemos encontrar al yogur, la producción de medicamentos y también la de algunos fertilizantes. La utilidad más actual: la bioremediación que busca, por ejemplo, dar con las bacterias que se alimentan de hidrocarburos y solucionar así problemas como los derrames petroleros. Otra vertiente de este novedoso uso de los microorganismos sería entonces el planteo de Noya y sus colaboradores.

Porque la cuestión es que solo se conocen quince mil especies de bacterias de las diez millones que se sabe que existen. La pregunta de investigación -para el científico- pasa a ser obvia: “¿Esconderán estas bacterias soluciones a algunos de los problemas que tiene nuestra sociedad del siglo XXI?”

La Unidad de Bioquímica y Genómica Microbiana que integra Noya se decidió por buscar bacterias que ayudaran a convertir sustancias comunes y abundantes en combustibles o, mejor dicho, biocombustibles. ¿Sustancias comunes? Pensaron en residuos de madera, pastos secos –ejemplo: paja de trigo-, cáscara de arroz o papel en desuso. Todas estas materias primas tienen en común ser baratas y fáciles de producir.

Fue entonces que la pregunta se hizo más específica: “¿Qué tal si se pudiera encontrar una bacteria que convirtiera estos residuos en combustible útiles como el alcohol?”

El final del cuento es casi feliz. El equipo de investigación dio a parar con las bacterias que residen en el intestino de las termitas, insectos que se alimentan de madera, o sea, capaces de degradar la celulosa. De estas bacterias se extrajo el ADN que luego se combinó con el de la celulosa derivando en el alcohol.

¿Por qué, entonces, casi? Es un proceso todavía muy caro. La gran complicación es la viabilidad económica del producto final. Porque por ahora no dieron con la solución a la segunda parte del proceso: la bacteria que produzca la enzima que transforme la celulosa en azúcar. Hoy esta fase no se alcanza de forma “natural” y se deben invertir grandes dosis de energía –y, por ende, capital- en llevarla a cabo.

Pero Noya no se queda de brazos cruzados. El científico –que tiene la particularidad de tener un Master en Administración de Empresas- plantea una respuesta tan simple como compleja: “abrirle los ojos a ANCAP”. Hasta que eso no suceda, no va a haber cambios reales. Porque el verdadero motor del desarrollo, para el biólogo, es la inversión en la innovación.

Vida artificial: ¿Es o no es?

Continúa el debate entorno a la polémica investigación de Craig Venter

La bacteria Mycoplasma mycoides es un agente infeccioso del ganado. Pero en estos días su prestigio ha crecido de forma desproporcionada gracias a su participación en lo que fue calificada por los medios –de forma un tanto apresurada- como “la creación de vida artificial”.

Tal descubrimiento estuvo encabezado por el reconocido científico Craig Venter, un viejo conocido en la materia. El estadounidense fue uno de los primeros en generar la secuencia del ADN humano. En esta ocasión, fue el mismo bioquímico quien explicó en los últimos días de mayo, en una publicación en la revista Science, en qué consistía la novedosa técnica en la que trabajó en los últimos quince años junto a sus veinticuatro colaboradores.

El experimento ya es famoso. Consistió en replicar en el laboratorio el conjunto de genes de la bacteria para, una vez alterado, colocarlo en otra “parecida”, pero distinta –mismo género, distinta especie-: la Mycoplasma capricolum. A ésta, antes de recibir al nuevo genoma, se le retiró la mayoría de su propia información genética. El nuevo contenido genómico pasó a controlar a la Mycoplasma capricolum, que empezó a producir las proteínas que el ADN trasplantado le pedía.

Una vez entendido el procedimiento, es fácil ver que las conclusiones que hablan de una “creación de vida” son un tanto precipitadas. Si bien el exitoso experimento significó un gran paso para la ciencia, no supuso semejante salto. Porque se trató de una modificación –compleja, eso seguro, pero modificación al fin- y no de una invención donde antes no había nada.

Aunque la célula modificada es casi una copia de una bacteria natural –lo que hace que no tenga valor en sí misma-, la importancia de esta innovación tiene que ver con las puertas que abre. Alcanzada la primera célula de este tipo, los investigadores pueden arremeter contra su verdadero objetivo: instalar en una bacteria un genoma elaborado en un laboratorio que le ordene realizar trabajos de utilidad para el ser humano.

En este marco es que los científicos sueñan con bacterias capaces de servir como vacunas; microorganismos que se puedan usar para crear ingredientes alimentarios; o incluso algas unicelulares que atrapen el dióxido de carbono y generen biocombustibles.

Y parece que las empresas petroleras creen que estos objetivos no son un delirio de la ciencia. Es así como Synthetic Genomics –la empresa fundada por Venter que financió la investigación- ya firmó un contrato de seiscientos millones de dólares con la petrolera estadounidense Exxon Mobil.

Muy distinta es la postura de algunos colegas científicos de Venter. Entre los que cuestionan la investigación está Pat Mooney, director del ETC Group (organismo internacional privado de control de las tecnologías). En un comunicado Mooney establece los riesgos: “las formas de vida creadas en laboratorio pueden convertirse en armas biológicas y amenazar también la biodiversidad natural”.

Fuentes: Clarín, Página 12, El País de Madrid

domingo, 30 de mayo de 2010

“En la medida que uno conoce, queda menos lugar para el misterio”

Oscar Ordónez, sacerdote uruguayo, analiza junto a otros compatriotas la crisis en la Iglesia

Las escandalosas acusaciones a la Iglesia Católica de tolerancia frente a los casos de pedofilia han dado de qué hablar en la última mitad de año. Voces contradictorias se levantan desde ambos bandos de la contienda y nadie parece estar a salvo. Incluso la propia cabeza, el Papa Benedicto XVI. Pero, frente a este estado de crisis permanente que acosa a la Iglesia, se dejan entrever las primeras señales de esperanza.

En la última semana de abril, el Papa Benedicto XVI aceptó la dimisión de dos obispos implicados en casos de pedofilia. James Moriarty, cuarto obispo irlandés en dimitir de su cargo tras el destape de los casos de pederastia en su país; y Roger Vangheluwe, obispo belga que reconoció haber abusado de un menor hace varios años. Por ahora, estos son los últimos coletazos de la oleada de escándalos que sacude a la Iglesia Católica en Europa y América desde noviembre. Por ahora.

En los últimos meses de 2009, varios medios internacionales, con The New York Times a la cabeza, soltaron mucha tinta acusando a la Iglesia de Irlanda, no solo de no tomar medidas lo suficientemente drásticas con respecto a los casos de pedofilia, sino de ir incluso más allá colaborando en los encubrimientos.

Con tanta tinta derramada, los medios lograron despertar el interés del mundo entero, y de la Iglesia Católica más que el de nadie. Autoridades eclesiásticas se vieron obligadas por la situación -pero, de manera más especial, por su propia conciencia- a desvelar algo de las investigaciones que se llevan a cabo tras sus muros.

Es así como hoy sabemos que en los últimos nueve años se llegaron a analizar las acusaciones de unos tres mil casos de sacerdotes diocesanos y religiosos vinculados a delitos morales cometidos en los últimos cincuenta años. Así lo informó Charles J. Scicluna, promotor de justicia de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, en una entrevista publicada por el diario Avvenire, de la Conferencia Episcopal Italiana. Ahora, vale aclarar: tres mil casos en cuatrocientos mil sacerdotes, una ínfima proporción.

El debate ha ido adquiriendo formas diversas, tocando todas las aristas de la cuestión. Entre ellas, la presunta relación entre el celibato y la pedofilia. Abundan, desde siempre, los cuestionamientos al celibato de los pastores de la Iglesia Católica. Y la pedofilia ha servido como una leña más de un fuego ya enardecido. Sin embargo, no existe evidencia de ningún tipo que vincule esta forma de vida con esta parafilia: el origen de tal desviación sexual nada tiene que ver con el sacerdocio.

"La pedofilia no se aprende y no se hereda. Tiene que ver con el desarrollo”, argumenta la Lic. Rosana Pombo, psicóloga y sexóloga clínica. La especialista aclara que en muchos casos el nacimiento de esta desviación sí tiene que ver con una inadecuada educación sexual en la infancia. “Cuando lo que da placer se asocia con lo prohibido, la prohibición, el castigo y la humillación se cargan de erotismo”.

Esta explicación va en consonancia con las interpretaciones del Lic. en Filosofía y profesor de Teología en la Universidad de Montevideo, Ignacio Pérez Constanzó. “Estas actitudes muchas veces son la respuesta a una época de educación muy puritana, que conduce a la sociedad al otro extremo; al extremo más laxo”, establece el académico. Y añade: “es lo mismo que sucede con la autoridad; y así pasamos de la dictadura al anarquismo”.

Pero el problema de entender la pedofilia no se agota en el análisis de sus causas. La característica más compleja de la enfermedad es la propia conducta del que la padece. Y esto es porque, cognitivamente, el pedófilo no considera inapropiada su tendencia, por lo que no suele presentar sentimientos de culpa o vergüenza. Es así como, tanto la actitud del pedófilo -que no tiene conciencia de enfermedad- como la de la víctima -que suele bloquear los recuerdos vinculados al abuso para evitar reactivar la situación traumática- no colaboran con el adecuado tratamiento del problema.

Vemos entonces como particularidades de la propia pedofilia entorpecen el accionar de la Iglesia en la materia. Con todo, bastante camino ha hecho.

Entre las últimas novedades de Roma, fueron titulares las declaraciones del Supremo Pontífice a los periodistas en su vuelo a Portugal en estos últimos días. “Hoy, las más grandes persecuciones a la Iglesia no vienen de fuera, sino de los pecados que dentro de la propia Iglesia” fue uno de los argumentos del Papa que mejor recepción obtuvo desde su carta a los fieles de Irlanda del 19 de marzo. Si bien el Santo Padre ha intentado en reiteradas ocasiones –también se reunió con las víctimas de abusos- emprender el camino de la justicia y reconciliación, para algunos no parece suficiente.

Y es que, otra vez, el problema de base es otro. “El cuestionamiento al Papa no es nuevo”, alega Pérez Constanzó. Pero incluso de mayor fuente de enfrentamiento sirven las aparentes diferencias de juicio entre la ley civil y la de la Iglesia. Según Oscar Ordóñez, cura párroco de la Iglesia de la Virgen del Carmen y Santa Teresita en el Prado, “lo entreverado de la cuestión es la diferencia entre la concepción del creyente de la del no creyente”. Porque lo que la ley establece como delito; la Iglesia lo califica como pecado. Y donde la ley pena; la Iglesia busca la absolución. Con esto no se quiere decir que la doctrina católica promueva una idea de hombre desligado de sus responsabilidades, sino que éste no es terreno donde la Iglesia pueda o deba intervenir.

La cuestión que sigue latente entonces es: ¿qué más puede hacer la Iglesia? Primera solución que se brinda desde el ámbito eclesial: “Tendrá que ser más cuidadosa en la selección de los candidatos al sacerdocio”, dice, como muchos otros sacerdotes, el padre Ordónez. Pero una solución más novedosa resulta la de “brindar espacios en los que se pueda discutir abiertamente estos temas, porque en la medida en que unos conoce, queda menos lugar para el misterio”.

Sin embargo, “la Iglesia no es una agencia de prensa”, establece Pérez Constanzó. Si bien la primera solución debe de ir por el camino de la acción, la comunicación de lo qué se hace y lo qué se deja de hacer también debe ser tomada en cuenta.

Para rematar, Ordónez apela al ánimo de “no violentar”. Porque no se le explica a un niño aquellas cosas que todavía no tiene la capacidad de entender. Del mismo modo, la gente sin fe, puede no estar en condiciones para entender determinadas cuestiones. El sacerdote se refiere más que nada a la incomprensión de algunos con su vocación al celibato. Incomprensión a la que él responde con total convencimiento: “vale la pena consagrar la vida”.

lunes, 3 de mayo de 2010

Estructura de La muerte imparable

Pablo Ordaz arranca La muerte imparable describiendo una situación que está en total concordancia con el título. “Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl”. "Hasta hace 20 minutos" había una vida. La muerte acaba de pasar. Nos pone en situación. Despierta nuestro interés, nos emociona, pero no sólo porque puede, porque sea un recurso "fácil", sino porque esa es la esencia de Ciudad Juárez: el centro del reportaje.

Pero empezar con tanta fuerza tiene sus riesgos. El primero: no poder mantener esa tensión a lo largo del artículo. ¿Cómo hace Ordaz para que éste no sea el caso? Administra sus recursos. En lo que refiere a la información, pero, más que nada, a la escritura. Distribuye así tanto hechos y datos duros como formas de abordar los distintos sucesos y testimonios que conforman la historia. Esto responde también a la necesidad del lector de tener momentos para "respirar": no podemos leer ocho carillas seguidas de muerte.

La estructura que eligió Ordaz hace que la lectura sea fácil y entretenida a la vez. Una vez que describe ese hecho puntual, tan representativo de la situación general que después describe, el narrador sigue un poco el orden de los acontecimientos. "Un poco" porque por momentos aprovecha la introducción de nuevos elementos, conforme se suceden las horas, para ahondar más a fondo en estas otras facetas de la cuestión. Para ayudar al lector, Ordaz emplea una suerte de subtítulos -resalta las primeras palabras de algunas oraciones puntuales-. Por lo general, se refieren a una vuelta al hilo conductor del reportaje. Con algún cambio de escenario o fuente.

Los diálogos que describe son muy significativos. No los eligió al azar, eso está claro. Porque, además de erizarnos un poco, ilustran esa aura de muerte que se percibe en Ciudad Juárez:

- ¿Una emboscada de los narcos?
- No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos.

Ya para terminar, el cierre está muy bien elaborado. Porque, siguiendo ese orden lógico y cronológico que se va desarrollando, logra hacer una referencia para nada forzada con el principio. Y así nos da la idea de que el mensaje que transmite es solo uno y está claro. La muerte, en Ciudad Juárez, no se puede parar.