martes, 2 de octubre de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Hombre y mujer los creo
En este mundo, la mujer tiene, a grandes rasgos, dos opciones. O es sometida –o se introduce de forma muy voluntaria, lo mismo da, problema de cada una- a “rellenar” un rol social, forzada a darle de comer a manicuras, pedicuras, cosmetólogas, esteticistas, peluqueras, y un etcétera largo, donde la nutricionista siempre tendrá un lugar privilegiado, y todo para encajar en un molde muy estrecho -hecho quién sabe cómo y según qué intereses-, que la deje a una tranquila de que es eso, mujer.
O se rebela. Y entonces no se quiere casar, ni piensa en tener hijos, se aterra al escuchar la frase “ama de casa”, y para la que todo lo que tenga algo que ver con el cuidado personal, e incluso a veces con la higiene, tiene gusto a frívolo, superficial y egoísta. Las más radicales hablan hasta de esclavitud.
Estereotipos, estereotipos. En el medio hay poco margen para la mujer “común”, término que, a su vez, ha perdido su valor, como parte de un fenómeno que no me animo a explicar mejor que Dylan Thomas: “Lo que resulta interesante es el modo en que ciertas palabras pierden bien su significado, bien su bondad. Por ejemplo, la palabra ‘honor’. Una palabra digna de héroes. En realidad es una palabra más digna de Nerón. [Porque] las emplean con asiduidad las personas que no deben”. Y es que lo ‘común’, que de acuerdo a la tercera acepción del diccionario de la Real Academia Española es lo ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido, es, y espero quede justificada la redundancia, cada vez menos ordinario, vulgar, frecuente, y ni que hablar de sabido.
Sea como fuere, debería, al menos por justicia con las que suelen quedarse calladas, existir un tercer modelo, en el que no entren ni las adictas a las compras ni las progresistas sin depilar, destinado para las que les gusta verse bien para los demás, para su marido y, por qué no, para ellas misma. Y que no sienten que nada de eso amenace su intelectualidad, su sensibilidad o su mismísima categoría de ser humano.
No me considero feminista. Bastante lo contrario. O sea, soy machista. No porque pretenda que me abran la puerta a ningún lugar, me regalen flores sin motivos evidentes o porque me guste, de tanto en tanto, pintarme los labios. No. Soy machista porque creo que el hombre de familia nunca va a poder ocupar el lugar de la madre -empezando en la concepción, pasando por el parto y la lactancia y terminando quién sabe en dónde-, y porque pienso que la mujer, como el hombre, sí tiene un lugar que ocupar en el mundo.
Por lo que se debería abogar, entonces, es por la igualdad de oportunidades. Porque sí, las diferencias femenino-masculino son biológicas, y poco se puede hacer para cambiarlas de forma que trascienda, pero, ojo, que esto no quiere decir que sean un accidente. “Hombre y mujer los creo”, dice la Biblia. Habrá que hacerle caso.
O se rebela. Y entonces no se quiere casar, ni piensa en tener hijos, se aterra al escuchar la frase “ama de casa”, y para la que todo lo que tenga algo que ver con el cuidado personal, e incluso a veces con la higiene, tiene gusto a frívolo, superficial y egoísta. Las más radicales hablan hasta de esclavitud.
Estereotipos, estereotipos. En el medio hay poco margen para la mujer “común”, término que, a su vez, ha perdido su valor, como parte de un fenómeno que no me animo a explicar mejor que Dylan Thomas: “Lo que resulta interesante es el modo en que ciertas palabras pierden bien su significado, bien su bondad. Por ejemplo, la palabra ‘honor’. Una palabra digna de héroes. En realidad es una palabra más digna de Nerón. [Porque] las emplean con asiduidad las personas que no deben”. Y es que lo ‘común’, que de acuerdo a la tercera acepción del diccionario de la Real Academia Española es lo ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido, es, y espero quede justificada la redundancia, cada vez menos ordinario, vulgar, frecuente, y ni que hablar de sabido.
Sea como fuere, debería, al menos por justicia con las que suelen quedarse calladas, existir un tercer modelo, en el que no entren ni las adictas a las compras ni las progresistas sin depilar, destinado para las que les gusta verse bien para los demás, para su marido y, por qué no, para ellas misma. Y que no sienten que nada de eso amenace su intelectualidad, su sensibilidad o su mismísima categoría de ser humano.
No me considero feminista. Bastante lo contrario. O sea, soy machista. No porque pretenda que me abran la puerta a ningún lugar, me regalen flores sin motivos evidentes o porque me guste, de tanto en tanto, pintarme los labios. No. Soy machista porque creo que el hombre de familia nunca va a poder ocupar el lugar de la madre -empezando en la concepción, pasando por el parto y la lactancia y terminando quién sabe en dónde-, y porque pienso que la mujer, como el hombre, sí tiene un lugar que ocupar en el mundo.
Por lo que se debería abogar, entonces, es por la igualdad de oportunidades. Porque sí, las diferencias femenino-masculino son biológicas, y poco se puede hacer para cambiarlas de forma que trascienda, pero, ojo, que esto no quiere decir que sean un accidente. “Hombre y mujer los creo”, dice la Biblia. Habrá que hacerle caso.
viernes, 8 de junio de 2012
Historia de un militante joven
Corría el año 2005. Era el cierre de la campaña municipal de Pedro –Bordaberry, pero el apellido lo agrego por un tecnicismo, porque ni él lo dijo ni yo tuve la necesidad de preguntárselo- y Leonardo Alonso tiraba fuegos artificiales desde el camión que recorría Montevideo desde la Av. Arocena hasta el Centro, donde estaba el local del Partido Colorado. Leo –debería decir Leonardo, pero así no lo conocen todos, él es Leo- se acuerda de la gente, de la adrenalina y de la lluvia, “tremenda lluvia”, dice nostálgico del que fuera el primero de muchos cierres de campaña. Así, “de a poquito, de a poquito”, fue la entrada de Alonso a la arena política.
Dos años más tarde, el 2007 lo encontró inmerso en el revuelo de las primeras elecciones juveniles del partido, cuando el entusiasmo y las ideas comunes unieron al estudiante de Derecho con Nicolás Brause, Lucio Terra y varios jóvenes más que se animaron a conformar la colorada Lista 30. El mismo año se consagraba la agrupación Vamos Uruguay, emblema de Bordaberry y su renovación joven, y la militancia de Alonso iba in crescendo, como acompañando a las circunstancias. Para las presidenciales de 2009, “la 30” se convirtió en 1030 y, con esfuerzo, la agrupación juvenil obtuvo un diputado, el treintañero Juan Manuel Garino. En el 2010 el apoyo fue para Ney Castillo, quien con su lema “Hey, votalo a Ney” quiso ser electo intendente capitalino, puesto que terminó conquistando la comunista Ana Olivera.
Tanto en una contienda como en la otra, Florencia Piquet, novia de Leo desde mayo de 2006, lo recuerda muy activo. “Le encanta todo lo que sea pintar muros, hacer pancartas, hacer timbrazos, actos, caravanas, hacer banderas, hacer remeras, las reuniones y charlas con los asesores de Pedro, con los asesores de Ney”, y Piquet, casi obligada a recuperar el aliento, sigue enumerando, “charlas con gente de diferentes partidos, de diferentes barrios, de diferentes departamentos. Porque a Pedro”, refuerza la joven, “lo sigue a donde vaya”. En esas épocas, termina Florencia, “Leo no se pierde una. Está metido en la campaña al 100 % y cómo la disfruta. Aunque termine agotado…”.
Pero de izquierdas y derechas, nada. “No, no. A mí me gustan las personas. No soy tan ideológico”. Tampoco nada de tradiciones familiares. Incluso cuando toda su parentela de parte de madre es blanca. “Todos, todos”. Con un bisabuelo diputado por el Partido Nacional y un tátara abuelo que peleó con Aparicio Saravia –con sus restos en el panteón familiar como constancia-, hay mucha tradición. Pero Leo se la salteó. Tampoco es que se sienta tan diferente a cualquier militante blanco de su edad. De hecho, tiene un buen amigo tras líneas enemigas. Augusto Dell‘ Ava, compañero en la facultad de Derecho de la Universidad de Montevideo y concejal blanco por el CCZ 5 (Punta Carretas), asegura que siempre hacen rancho aparte en los asados de la clase, y pasan horas hablando de política. Están de acuerdo en todo: “Si somos primos hermanos ideológicos”.
¿Por qué colorado, entonces? En el polémico gobierno de Jorge Batlle, Leo casi seguía siendo un chiquilín. Pero el bichito de la política ya le picaba por todos lados. Alumno de The British Schools, muchos de sus amigos tenían padres políticos: “Carli” era el hijo de Carlos Ramela –secretario del entonces presidente-; Andrés, de José Amorim –ministro de Educación y Cultura en 2004- y “Bondi” (Agustín) era el segundo de los tres hijos del mismísimo Pedro Bordaberry –ministro de Turismo por aquellos días-. Leo los veía, y le gustaba lo que hacían, y se identificó con ellos, y ta. No le dio más vueltas.
Con un entorno tan politizado parecería que no hay tiempo para otra cosa que, valga la redundancia, la política. Pero sí: hay un Leo más allá del militante. Y a ese le gusta la pesca, el campo, la playa, los asados con amigos y el fútbol 5. También, o al menos así se puede leer en su perfil de Twitter, jugar al tejo. Y sí, Twitter. Porque la suya es una militancia muy 2.0. “Sinceramente, no me gusta discutir personalmente. Prefiero evitar las discusiones. Capaz que por escrito me engancho más. Capaz que me siento más confiado escribiendo que hablando”, alega el propietario de una activísima cuenta en la red social del pajarito. El miércoles se podía leer en su tuit número 861: “Como decía Winston Churchill, una democracia es como una cometa, se eleva más alto cuando hay más viento en contra...”.
Pero no solo de política vive el hombre, tampoco en el mundo digital. Así, Leo asegura que no emplea su cuenta solo para hacer activismo político, también la usa para hablar con sus amigos – tuit número 841: “¿¿Salió jugar un horcado??”. Imagen: un ‘amigo’ siendo evidentemente sofocado por su propia bufanda- o para compartir observaciones vitales -tuit número 832: “Tirale un gato... Le arruinas el día…”. Imagen: un paseador de perros rodeado por aproximadamente 17 canes-. Lejos, muy lejos, de los casetes políticos. Porque, después de todo, argumenta: “la política es tan amplia, es la forma de pensar y de ser, que hasta me parece bueno que un político haga estas cosas, porque te muestran como es el loco”.
En esa línea, de escribir más que hablar, Leo creó este 23 de mayo el grupo de Facebook “Uruguayos X + Seguridad”. Con 2.440 miembros más y un alto nivel de participación, el grupo organiza marchas y manifestaciones y sirve de plataforma para debates o meros actos de catarsis colectiva. “La situación se fue de las manos, así no se puede seguir” es lo primero que se lee en la sección de información de la página.
La (falta de) seguridad es una de sus banderas políticas más fuertes. También las deficiencias de la Intendencia de Montevideo –entre ellas la organización del tránsito- o incluso la salud pública; pero la inseguridad, como dice la novia, “le toca de cerca”.
El 30 de octubre de 2011 entraron ladrones a la casa de la familia Alonso Bauer en Carrasco. Los delincuentes se encontraron con Leo y su padre adentro y los maniataron, golpearon y robaron. Tras el violento copamiento, el ambiente del hogar se volvió aún más tenso –la sensación de inseguridad ya se sentía en el barrio y continúa hasta hoy-. No había pasado un mes cuando, en la madrugada del 29 de noviembre, los Alonso se despertaron sintiendo otra vez ruidos en las afueras de su casa. El padre bajó armado y salió al patio, queriendo ver qué sucedía, pero no encontró nada. Escuchó un grito de su esposa y volvió a entrar a la casa donde, totalmente a oscuras, percibió una sombra que se movía y disparó. Cuando encendió la luz se encontró con el cuerpo, ya sin vida, de su hija de 24 años Federica.
Dos días después se llevaba a cabo la marcha por más seguridad organizada por Leo, junto a algunos compañeros del partido, tras el copamiento que había sufrido en octubre. Sobre esos días, Florencia recuerda como “Leo tuvo la fuerza de pararse ante 4 mil personas y dar un discurso. A mí se me caían las lágrimas y tenía una piel de gallina ‘insacable’. Después Leo me dijo que la fuerza no supo de dónde la sacó, se la dio Fede”.
El juez del caso indicó, nueve días después, que el padre había actuado en legítima defensa y "con el convencimiento que su vida y la de su familia se hallaban en peligro". El mismo día se archivó la investigación.
Hoy, como antes, a Leo lo motiva ver que nada cambió, “que [en materia de seguridad] no está pasando nada”. Hoy, como un ciudadano más, solo quiere velar por sus derechos, reclamarlos. Hoy, solo pide qué se pueda vivir mejor.
Leo no es alto ni bajo, flaco, suele ir por la vida con una barba de unos días y el pelo un poco más largo de lo que le gustaría a un padre. Es un “loco medio tímido”, en sus palabras, y sus gestos dicen bastante lo mismo -se mira las manos durante toda la conversación-. Habla pausado, tranquilo y –sí, esta observación es bastante subjetiva- con denotada paz. Es un tipo que sabe lo que quiere: “trabajaré de lo que me haga más feliz [independientemente de los cinco años que le ha dedicado al estudio del Derecho] y pueda mantener una familia”. En diez años Leo quiere estar “casado, con trabajo, y con hijos”. En la política, el tiempo dirá. Hoy tiene 23 años.
Dos años más tarde, el 2007 lo encontró inmerso en el revuelo de las primeras elecciones juveniles del partido, cuando el entusiasmo y las ideas comunes unieron al estudiante de Derecho con Nicolás Brause, Lucio Terra y varios jóvenes más que se animaron a conformar la colorada Lista 30. El mismo año se consagraba la agrupación Vamos Uruguay, emblema de Bordaberry y su renovación joven, y la militancia de Alonso iba in crescendo, como acompañando a las circunstancias. Para las presidenciales de 2009, “la 30” se convirtió en 1030 y, con esfuerzo, la agrupación juvenil obtuvo un diputado, el treintañero Juan Manuel Garino. En el 2010 el apoyo fue para Ney Castillo, quien con su lema “Hey, votalo a Ney” quiso ser electo intendente capitalino, puesto que terminó conquistando la comunista Ana Olivera.
Tanto en una contienda como en la otra, Florencia Piquet, novia de Leo desde mayo de 2006, lo recuerda muy activo. “Le encanta todo lo que sea pintar muros, hacer pancartas, hacer timbrazos, actos, caravanas, hacer banderas, hacer remeras, las reuniones y charlas con los asesores de Pedro, con los asesores de Ney”, y Piquet, casi obligada a recuperar el aliento, sigue enumerando, “charlas con gente de diferentes partidos, de diferentes barrios, de diferentes departamentos. Porque a Pedro”, refuerza la joven, “lo sigue a donde vaya”. En esas épocas, termina Florencia, “Leo no se pierde una. Está metido en la campaña al 100 % y cómo la disfruta. Aunque termine agotado…”.
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Castillo le cede el micrófono a
Alonso en plena campaña por las elecciones municipales de 2010.
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Pero de izquierdas y derechas, nada. “No, no. A mí me gustan las personas. No soy tan ideológico”. Tampoco nada de tradiciones familiares. Incluso cuando toda su parentela de parte de madre es blanca. “Todos, todos”. Con un bisabuelo diputado por el Partido Nacional y un tátara abuelo que peleó con Aparicio Saravia –con sus restos en el panteón familiar como constancia-, hay mucha tradición. Pero Leo se la salteó. Tampoco es que se sienta tan diferente a cualquier militante blanco de su edad. De hecho, tiene un buen amigo tras líneas enemigas. Augusto Dell‘ Ava, compañero en la facultad de Derecho de la Universidad de Montevideo y concejal blanco por el CCZ 5 (Punta Carretas), asegura que siempre hacen rancho aparte en los asados de la clase, y pasan horas hablando de política. Están de acuerdo en todo: “Si somos primos hermanos ideológicos”.
¿Por qué colorado, entonces? En el polémico gobierno de Jorge Batlle, Leo casi seguía siendo un chiquilín. Pero el bichito de la política ya le picaba por todos lados. Alumno de The British Schools, muchos de sus amigos tenían padres políticos: “Carli” era el hijo de Carlos Ramela –secretario del entonces presidente-; Andrés, de José Amorim –ministro de Educación y Cultura en 2004- y “Bondi” (Agustín) era el segundo de los tres hijos del mismísimo Pedro Bordaberry –ministro de Turismo por aquellos días-. Leo los veía, y le gustaba lo que hacían, y se identificó con ellos, y ta. No le dio más vueltas.
Con un entorno tan politizado parecería que no hay tiempo para otra cosa que, valga la redundancia, la política. Pero sí: hay un Leo más allá del militante. Y a ese le gusta la pesca, el campo, la playa, los asados con amigos y el fútbol 5. También, o al menos así se puede leer en su perfil de Twitter, jugar al tejo. Y sí, Twitter. Porque la suya es una militancia muy 2.0. “Sinceramente, no me gusta discutir personalmente. Prefiero evitar las discusiones. Capaz que por escrito me engancho más. Capaz que me siento más confiado escribiendo que hablando”, alega el propietario de una activísima cuenta en la red social del pajarito. El miércoles se podía leer en su tuit número 861: “Como decía Winston Churchill, una democracia es como una cometa, se eleva más alto cuando hay más viento en contra...”.
Pero no solo de política vive el hombre, tampoco en el mundo digital. Así, Leo asegura que no emplea su cuenta solo para hacer activismo político, también la usa para hablar con sus amigos – tuit número 841: “¿¿Salió jugar un horcado??”. Imagen: un ‘amigo’ siendo evidentemente sofocado por su propia bufanda- o para compartir observaciones vitales -tuit número 832: “Tirale un gato... Le arruinas el día…”. Imagen: un paseador de perros rodeado por aproximadamente 17 canes-. Lejos, muy lejos, de los casetes políticos. Porque, después de todo, argumenta: “la política es tan amplia, es la forma de pensar y de ser, que hasta me parece bueno que un político haga estas cosas, porque te muestran como es el loco”.
En esa línea, de escribir más que hablar, Leo creó este 23 de mayo el grupo de Facebook “Uruguayos X + Seguridad”. Con 2.440 miembros más y un alto nivel de participación, el grupo organiza marchas y manifestaciones y sirve de plataforma para debates o meros actos de catarsis colectiva. “La situación se fue de las manos, así no se puede seguir” es lo primero que se lee en la sección de información de la página.
La (falta de) seguridad es una de sus banderas políticas más fuertes. También las deficiencias de la Intendencia de Montevideo –entre ellas la organización del tránsito- o incluso la salud pública; pero la inseguridad, como dice la novia, “le toca de cerca”.
El 30 de octubre de 2011 entraron ladrones a la casa de la familia Alonso Bauer en Carrasco. Los delincuentes se encontraron con Leo y su padre adentro y los maniataron, golpearon y robaron. Tras el violento copamiento, el ambiente del hogar se volvió aún más tenso –la sensación de inseguridad ya se sentía en el barrio y continúa hasta hoy-. No había pasado un mes cuando, en la madrugada del 29 de noviembre, los Alonso se despertaron sintiendo otra vez ruidos en las afueras de su casa. El padre bajó armado y salió al patio, queriendo ver qué sucedía, pero no encontró nada. Escuchó un grito de su esposa y volvió a entrar a la casa donde, totalmente a oscuras, percibió una sombra que se movía y disparó. Cuando encendió la luz se encontró con el cuerpo, ya sin vida, de su hija de 24 años Federica.
Dos días después se llevaba a cabo la marcha por más seguridad organizada por Leo, junto a algunos compañeros del partido, tras el copamiento que había sufrido en octubre. Sobre esos días, Florencia recuerda como “Leo tuvo la fuerza de pararse ante 4 mil personas y dar un discurso. A mí se me caían las lágrimas y tenía una piel de gallina ‘insacable’. Después Leo me dijo que la fuerza no supo de dónde la sacó, se la dio Fede”.
El juez del caso indicó, nueve días después, que el padre había actuado en legítima defensa y "con el convencimiento que su vida y la de su familia se hallaban en peligro". El mismo día se archivó la investigación.
Hoy, como antes, a Leo lo motiva ver que nada cambió, “que [en materia de seguridad] no está pasando nada”. Hoy, como un ciudadano más, solo quiere velar por sus derechos, reclamarlos. Hoy, solo pide qué se pueda vivir mejor.
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Leo y Florencia en
las elecciones juveniles del Partido Colorado de noviembre 2010.
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Leo no es alto ni bajo, flaco, suele ir por la vida con una barba de unos días y el pelo un poco más largo de lo que le gustaría a un padre. Es un “loco medio tímido”, en sus palabras, y sus gestos dicen bastante lo mismo -se mira las manos durante toda la conversación-. Habla pausado, tranquilo y –sí, esta observación es bastante subjetiva- con denotada paz. Es un tipo que sabe lo que quiere: “trabajaré de lo que me haga más feliz [independientemente de los cinco años que le ha dedicado al estudio del Derecho] y pueda mantener una familia”. En diez años Leo quiere estar “casado, con trabajo, y con hijos”. En la política, el tiempo dirá. Hoy tiene 23 años.
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viernes, 1 de junio de 2012
Caleidoscopio
Lorca (Federico García); diarios de La Habana -o cómo
sobrellevar las penurias del quinto mundo con algo de estilo-; asuntos reales
-o la vida y obra del rey Juan Carlos I-; el dictador, casi por antonomasia,
con ustedes, el general Augusto Pinochet; Gabriel García Márquez, ¿el poderoso?;
un perfil psiquiátrico del revolucionario bolivariano más famoso –que nunca
va a ser otro que Hugo Chávez-; más y más Castro…
Creo que se puede apreciar un patrón. Pero lo más particular de Jon Lee Anderson no
son tanto sus temas -ni destinos-, sino su “categoría” de estadounidense. Y el hecho de que,
originalmente, todas estas publicaciones fueran en inglés. Y se desparramaran
por las páginas de LA revista gringa, The New Yorker.
Ta.
No hace tanto estuve viviendo en España por –y esta
definición es cuestionable- un tiempo considerable: cuatro meses. Entre que la
adaptación costó más de lo estimado y mi mejor amiga terminó siendo, para
sorpresa de pocos, salvo quizá, la mía propia, una panameña imponente, hoy puedo
sintetizar la estadía como una de poca interacción con los antepasados y
bastante reflexión sobre el paisito.
"¡No estamos taaan mal!", fue una de las primeras conclusiones que verbalicé en presencia de otra compatriota perdida. Ella asintió. Y, tomando un café, que ella pagó, bajo el compromiso de que yo me encargaba de la revancha -costumbre española, según tengo entendido, que nunca practiqué demasiado, tal vez de ahí mi falta de amigos locales, nunca lo sabré- sentenció: "Es que hay que irse para afuera para poder verlo bien [a él, al paisito]".
"Fa, de nuevo la rueda", pensará mi lector irónico. Muy atinado, debo agregar. Pero, le recuerdo, para generar impacto, el timing lo es todo. Más todavía -por lo menos en este caso- el espacio geográfico. Y quizá por todo esto no sorprenda tanto considerar que tal vez sean los de afuera los que nos tengan que decir cómo
son las cosas acá adentro.
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viernes, 25 de mayo de 2012
Motivos para necesitar un seudónimo
The New Yorker dijo ya hace unos años que, aunque muchos ni se dieran cuenta, Dylan Thomas era el padre de todos los Dylan estadounidenses. Bueno, no el padre, pero la raíz de su nombre. El poeta galés, nacido en 1914, conocido por su genialidad y, a causa de ésta -como les gusta pensar a los pensadores sobre los pensadores-, su rebeldía y su condición de alcohólico, fue, o así se cree, la razón detrás de Bob Dylan. Robert Zimmerman, como lo bautizaron sus padres, habría sentido especial devoción por las obras del también cuentista y dramaturgo y de ahí su cambio de nombre. Dicen.
Según el artículo, fue gracias al afamado compositor, y al personaje célebre de la “noventosa” serie Beverly Hills 90201, que el apelativo se propagó como reguero de pólvora en los últimos años del siglo XX.
Fuera como fuese, Estados Unidos pasó de no contar casi con ni un Dylan en todos sus muchos kilómetros a la redonda a que, para el 2004, el alias se adueñara del segundo puesto en las listas de los nombres más comunes –sí, existen tales índices-, detrás del inamovible James.
Dylan, el de la isla británica, pasó a la historia por títulos como And Death Shall Have No Dominion, Before I knocked y The Force That Through the Green Fuse Drives the Flower (que en español serían algo así como “Y la muerte no tendrá señorío”, “Antes de que toque” y “La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor”). Pero es una frase suya, dicha en entrevista con Harvey Breit para The New York Times Book Review en 1952, la que motiva esta columna.
Thomas murió al año, víctima de sus excesos. Y hasta el momento no he encontrado una sentencia que defina mejor lo que compone una opinión.
Su casi compatriota, William Shakespeare, era en el siglo XVI un poco menos agresivo y un poco más cauto:
Pero poco de cómo formular un pensamiento articulado que explique alguna cosa cuestionable. Ahora, ¿valen o no valen? Esa es la cuestión.
Según el artículo, fue gracias al afamado compositor, y al personaje célebre de la “noventosa” serie Beverly Hills 90201, que el apelativo se propagó como reguero de pólvora en los últimos años del siglo XX.
Fuera como fuese, Estados Unidos pasó de no contar casi con ni un Dylan en todos sus muchos kilómetros a la redonda a que, para el 2004, el alias se adueñara del segundo puesto en las listas de los nombres más comunes –sí, existen tales índices-, detrás del inamovible James.
Dylan, el de la isla británica, pasó a la historia por títulos como And Death Shall Have No Dominion, Before I knocked y The Force That Through the Green Fuse Drives the Flower (que en español serían algo así como “Y la muerte no tendrá señorío”, “Antes de que toque” y “La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor”). Pero es una frase suya, dicha en entrevista con Harvey Breit para The New York Times Book Review en 1952, la que motiva esta columna.
Las opiniones son el resultado de una discusión con uno mismo y dado que la mayoría de la gente no es capaz de discutir con nadie, y menos aún consigo misma, las opiniones son un horror.
Su casi compatriota, William Shakespeare, era en el siglo XVI un poco menos agresivo y un poco más cauto:
Presta el oído a todos, y a pocos la voz. Oye las censuras de los demás; pero reserva tu propia opinión.
Pero poco de cómo formular un pensamiento articulado que explique alguna cosa cuestionable. Ahora, ¿valen o no valen? Esa es la cuestión.
Solo podemos dar una opinión imparcial sobre las cosas que no nos interesan, sin duda por eso mismo las opiniones imparciales carecen de valor.
Oscar Wilde
viernes, 11 de mayo de 2012
Puertas
Tengo que confesar que las entrevistas me generan sentimientos muy encontrados. Aproximarse a un otro totalmente diferente, entendiendo este acercamiento como un acto casi psicológico, me parece apasionante. -Poder vivir de eso, casi increíble, por no decir imposible, pero, por favor, dígale “no” al pesimismo antes de siquiera arrancar-.
Ahora, aproximarse a un otro totalmente diferente, que no tiene idea qué esperar de uno ni uno de él, en un acto tan íntimo como lejano, también me espanta. A veces, hasta las lágrimas.
Dicho esto, esta es la historia de una gran historia: la de Tama Ríos. Ella, cantante y afrodescendiente, de una personalidad tan atractiva como intimidante, no mira a los periodistas con buenos ojos. Tampoco con malos, pero al principio es una persona, digamos, desconfiada. No es para menos.
Dueña de una vida fascinante, llena de idas y vueltas, las imágenes que han proyectado los medios de Ríos le desagradan más veces de las que le gustaría. Ex inquilina del hoy extinto conventillo Medio Mundo, el pecho de Tama se hincha de orgullo cuando le preguntan por su infancia, pero no siempre la lectura que hace un reportero de esa pasión la termina convenciendo.
En mi defensa, cuando se nace quince años después de los hechos consumados -el edificio fue desalojado el 3 de diciembre de 1973-, la insensibilidad del periodista no se justifica, pero, por lo menos, puede ser un poco más "entendible".
Con todo, la conversación que mantuvimos por teléfono, sin conocernos de nada, fue más o menos así:
-Hola, sí, ¿hablo con Tama Ríos?
-Sí, soy yo -con voz de lo que no parecía ser un buen día-¡quién es?
-Ah, hola. Sí, bueno, mi nombre es Francisca y soy estudiante de Periodismo. Me dio tu número Ivonne Quegles, la concejal del barrio.
-¡Ivonne? -me contestó una recelosa Ríos.
-Sí, Ivonne -ya un poco más tímida- Bueno, estamos haciendo un trabajo sobre el Medio Mundo y nos gustaría hablar con usted si le...
-¡Vos quién me dijiste que eras?
Y de ahí, solo barranca abajo. “¿Que quién sos tú para hablar del Medio Mundo? ¡Que es mi vida! ¡Que la importancia del respeto! ¡Que hoy nadie sabe lo que pasó ahí adentro!”. Mientras, desde el otro lado del tubo, Tama recibía solo balbuceos. Pero la entrevista terminó teniendo fecha y hora, y a mí el agua en los ojos no me dejaba anotar...
Poco sabía entonces de todas las fibras que podía tocar una vieja casona en las almas de muchos. Hoy, doy gracias por la gente que, a pesar de todo, sigue abriendo la puerta de su vida.
Conocé más de la historia de Tama aquí.
Ahora, aproximarse a un otro totalmente diferente, que no tiene idea qué esperar de uno ni uno de él, en un acto tan íntimo como lejano, también me espanta. A veces, hasta las lágrimas.
Dicho esto, esta es la historia de una gran historia: la de Tama Ríos. Ella, cantante y afrodescendiente, de una personalidad tan atractiva como intimidante, no mira a los periodistas con buenos ojos. Tampoco con malos, pero al principio es una persona, digamos, desconfiada. No es para menos.
Dueña de una vida fascinante, llena de idas y vueltas, las imágenes que han proyectado los medios de Ríos le desagradan más veces de las que le gustaría. Ex inquilina del hoy extinto conventillo Medio Mundo, el pecho de Tama se hincha de orgullo cuando le preguntan por su infancia, pero no siempre la lectura que hace un reportero de esa pasión la termina convenciendo.
En mi defensa, cuando se nace quince años después de los hechos consumados -el edificio fue desalojado el 3 de diciembre de 1973-, la insensibilidad del periodista no se justifica, pero, por lo menos, puede ser un poco más "entendible".
Con todo, la conversación que mantuvimos por teléfono, sin conocernos de nada, fue más o menos así:
-Hola, sí, ¿hablo con Tama Ríos?
-Sí, soy yo -con voz de lo que no parecía ser un buen día-¡quién es?
-Ah, hola. Sí, bueno, mi nombre es Francisca y soy estudiante de Periodismo. Me dio tu número Ivonne Quegles, la concejal del barrio.
-¡Ivonne? -me contestó una recelosa Ríos.
-Sí, Ivonne -ya un poco más tímida- Bueno, estamos haciendo un trabajo sobre el Medio Mundo y nos gustaría hablar con usted si le...
-¡Vos quién me dijiste que eras?
Y de ahí, solo barranca abajo. “¿Que quién sos tú para hablar del Medio Mundo? ¡Que es mi vida! ¡Que la importancia del respeto! ¡Que hoy nadie sabe lo que pasó ahí adentro!”. Mientras, desde el otro lado del tubo, Tama recibía solo balbuceos. Pero la entrevista terminó teniendo fecha y hora, y a mí el agua en los ojos no me dejaba anotar...
Poco sabía entonces de todas las fibras que podía tocar una vieja casona en las almas de muchos. Hoy, doy gracias por la gente que, a pesar de todo, sigue abriendo la puerta de su vida.
Conocé más de la historia de Tama aquí.
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viernes, 4 de mayo de 2012
No siempre la plata hace bailar al mono
Se llamaba María del Huerto y me enseñó a amar la literatura. Madre de todos sus alumnos, no faltaba a una actividad extracurricular. Y le encantaba contar anécdotas. Así conocí toda la historia de amor con su marido, a quien describía como "un narigón, pero de los buenmozos", en una crónica no poco cautivadora en un colegio donde solo se educaba a mujeres.
Pero su mejor cuento era otro.
María daba clases también en un segundo instituto, éste sí mixto, y solía liderar todas las salidas de los grupos. En este caso, el campamento era cerca de la playa y entre los alumnos había un chico ciego. En los tiempos libres, los niños corrían hasta la orilla y María acompañaba al jovencito que no podía ver por dónde iba. Una niña solía ir con ellos.
Una vuelta, los chicos que jugaban con el mar se alborotaban por algo que veían a la distancia y los tres rezagados intentaban descifrar a qué se debía tanto bochinche. Ya más cerca del resto del grupo, María exclamó: “¡Es un bote!”.
- ¿Y qué es un bote?, preguntó con naturalidad el ciego.
María se quedó muda. “Me sigo acordando de todas las cosas que pensé en contestarle”, nos decía entonces a nosotras, “Primero: ‘un objeto que flota en el agua. Pero, ¿qué es flotar para alguien que no puede ver? ¿Cómo explicarle la inmensidad del mar? ¿Qué decirle de las distancias?’ Y seguía…”.
“Mirá, poné tus manos así”, contestaba entretanto la pequeña, mientras tomaba sin permiso los dedos del chiquilín y los arqueaba en forma de lo que, para la sorpresa de la maestra, asemejaba a un barco.
- Esto es un bote, terminó la niña.
Era el final de la historia y María lloraba en mi salón de clase.
Creo que sigue siendo una apasionada de su profesión. Con el tiempo me enteré que, en su oficio, el dinero nunca sirvió de gran motivación.
Pero su mejor cuento era otro.
María daba clases también en un segundo instituto, éste sí mixto, y solía liderar todas las salidas de los grupos. En este caso, el campamento era cerca de la playa y entre los alumnos había un chico ciego. En los tiempos libres, los niños corrían hasta la orilla y María acompañaba al jovencito que no podía ver por dónde iba. Una niña solía ir con ellos.
Una vuelta, los chicos que jugaban con el mar se alborotaban por algo que veían a la distancia y los tres rezagados intentaban descifrar a qué se debía tanto bochinche. Ya más cerca del resto del grupo, María exclamó: “¡Es un bote!”.
- ¿Y qué es un bote?, preguntó con naturalidad el ciego.
María se quedó muda. “Me sigo acordando de todas las cosas que pensé en contestarle”, nos decía entonces a nosotras, “Primero: ‘un objeto que flota en el agua. Pero, ¿qué es flotar para alguien que no puede ver? ¿Cómo explicarle la inmensidad del mar? ¿Qué decirle de las distancias?’ Y seguía…”.
“Mirá, poné tus manos así”, contestaba entretanto la pequeña, mientras tomaba sin permiso los dedos del chiquilín y los arqueaba en forma de lo que, para la sorpresa de la maestra, asemejaba a un barco.
- Esto es un bote, terminó la niña.
Era el final de la historia y María lloraba en mi salón de clase.
Creo que sigue siendo una apasionada de su profesión. Con el tiempo me enteré que, en su oficio, el dinero nunca sirvió de gran motivación.
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