viernes, 23 de marzo de 2012
A falta de color
viernes, 16 de marzo de 2012
La sugerencia del siglo
viernes, 9 de marzo de 2012
Fantasmas

lunes, 1 de agosto de 2011
Valoración de Fotoperiodismo II
CONTENIDOS. A lo largo del curso, mi trabajo siempre consistió en darle un tema a mis fotos. Ir a un lugar –o a varios-, encontrar un personaje –o varios- y retratar la combinación de ambos de la mejor manera posible, con la composición y la armonía como principales retos. Del resultado de éstos venía el tema, nunca al revés.
Considerando que el nombre del curso era “Fotoperiodismo”, no creía estar demasiado errada. Pero el planteo del trabajo final implicaba dar un paso más. Elaborar un foto-reportaje.
De aquí el reto de encontrar un tema que rindiera tanto de forma visual como periodística. Y he aquí mi primera dificultad (al principio, mis ideas respondía a una cosa o a la otra). Finalmente alcancé el tema soñado: la realidad de la mujer afro en Uruguay.
Con eso y todo, encontré particularmente engorroso prestarle la misma atención y ponerle el mismo empeño haciendo dos cosas al mismo tiempo. Concentrarme en la historia y en lo visualmente atractivo. Enmarcar una foto con un protagonista tan movedizo y que al mismo tiempo me cuenta su historia: ¿cómo parar una cosa sin detener la otra?
Al final solo espero que mi trabajo respete la esencia de la historia, tanto de forma visual como en mi trabajo periodístico.
FORMA. Mi principal defecto a medida que se iban sucediendo las prácticas era, o eso creía, la selección. En la primera, el retrato, sumergida en la composición me olvidé de elegir una foto de la cara de mi modelo, y en otra, la de la Rambla, también distraída en temas estéticos terminé por optar por tres fotos –de ocho- que retrataban perros.
No fue hasta esta última práctica que me di cuenta: no elijo fotos parecidas tanto como tomo fotos casi idénticas. Me obsesiono con una imagen y saco 40 hasta que quede como me gusta y en el medio no le doy una oportunidad a otras fotos, o, creyendo haber tomado suficientes fotos, no saco más.
Creo que la moraleja es sacar fotos. Todas las que aguante la memoria. Desde todos los ángulos que me hace posible -e imposible-. Sacar fotos.
Las otras, Ellas
Semejante reflexión pertenece al Medio de Difusión Afrodescendiente Ruda y Chocolate, y es parte de un texto más amplio, “Yo soy Ansina”. Como muchas de las más de 25 organizaciones del movimiento afro que trabajan en Uruguay, el nombre de esta revista responde a un símbolo profundo. La ruda con chocolate, hierba conocida por sus efectos abortivos, hace referencia a la forma en la que esta comunidad intenta recuperar su memoria histórica. Y Ansina, el renombrado negro que acompañó al prócer José Gervasio Artigas durante el proceso revolucionario, es su mejor bandera.
No porque le haya cebado mate al héroe nacional, tal como lo ilustran algunas estampillas, sino, precisamente, por esa misma “confusión” en la narración de la historia que los afros intentan reescribir. Empezando nada más y nada menos que por el nombre. Ansina nunca fue Ansina, sino Joaquín Lencina, y tampoco fue el sirviente de Artigas, sino su compañero. Tampoco estuvo solo. Encarnación Benítez, Soledad Cruz, Joaquín Ledesma y muchos otros negros contribuyeron en la construcción de la independencia uruguaya. Y merecen no solo que la historia los reconozca, sino que les dé el lugar que les corresponde.
Estas y otras reivindicaciones brotan de la boca de Leticia Rodríguez con la misma naturalidad con la que respira. “Que cerca del 10% de la población uruguaya es afrodescendiente -nada menos que 300.000 personas-, que casi un 80% de los jugadores de fútbol de las selecciones del mundo son de ascendencia negra, que tantísimas hierbas y medicinas de las que hoy tanto dependemos se las debemos a ancestros africanos”… y así, miles. Ninguna en tono de reproche, incluso frente a la directora del Museo Nacional Histórico Ariadna Islas, a quien le afirma tranquila y segura- y respetuosa- que el acerbo de la exhibición tiene una deuda con su comunidad.
Con 29 años, Leticia es una persona muy difícil de encasillar. Productora audiovisual, escritora y gestora cultural de la Casa de la Cultura Afrouruguaya; estudió en Israel y España, pero empezó en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, donde alcanzó el título de Procuradora.
Fue trabajando en Extensión Universitaria como viajó, en el 2000, hasta Bella Unión, el punto más al norte del país. “Allí me encuentro con que había una gran población afro-indígena en una situación muy marginal, y empiezo a entender un poco más las dinámicas de cómo se ha dado la cuestión de la pobreza en nuestro país, de una forma amplia, vinculado más que nada con la etnicidad”, declara. Y así, sin pensarlo, termina adentrándose de lleno en la problemática de los negros: “Es a partir de ahí que se me empieza a despertar un bichitio en el estudio de las prácticas afrodescendientes”.
Dejó entonces la Facultad de Derecho y estudió cooperativismo. A partir de ese momento, los objetivos de Leticia no conocieron límites.
La chica humilde de Carrasco Norte, de una familia “sumamente pobre, pero bien formada”, con una madre con estudios en arquitectura y un padre con formación en chapa y pintura, se fue a España en 2008 a estudiar Cooperativismo Artístico –entendiéndolo como el gran legado que podía trabajar en Uruguay-. De ahí a Israel a estudiar derechos humanos y el prejuicio. Para cuando volvió a Uruguay, Rodríguez ya sabía muy bien qué quería hacer con todo eso.
Leticia le adjudica a su entorno –su familia, su abuela, sus tías- su insaciable interés por adentrarse en el mundo afro. Porque, explica, en su casa tenían un gran desarrollo de la conciencia de cómo asimilar todo el proceso de la discriminación racial que habían sufrido; sobre todo su mamá, que tiene mucha más cantidad de “mujer afro” que su papá, que es más mestizo.
martes, 31 de mayo de 2011
Diecinueve nombres
Es difícil encontrarle un ángulo nuevo a un lugar tan común. La rambla de Montevideo, cliché de los clichés. Pero no por nada un espacio pasa de vulgar a icónico.
Con sus 22 kilómetros de extensión que, partiendo del centro capitalino hacia el este, bordean nueve barrios montevideanos, la rambla es, desde principios de 2010, parte de la lista de los lugares emblemáticos que pelean por conformar el consagrado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Del otro lado de la vida cosmopolita: el Río de la Plata. Y en medio, nueve concurridas playas –en temporada estival–. El resto del año sobran los deportistas, los pescadores, los jubilados, los perros, los desempleados y los profesionales del mate.
Tan variado contenido no cabía en un solo nombre y por eso la rambla actualmente responde a 19 denominaciones distintas. Desde países –Perú, México, Chile, Francia y Armenia- pasando por algún personaje histórico –Baltasar Brum y Tomás Berreta- hasta protagonistas universales –como Franklin Roosevelt y Mahatma Gandhi-, entre, demás está decirlo, 10 otros.